viernes, 29 de febrero de 2008
No merece respeto
El proto ser humano que afirma: “Yo prefiero los perros, porque los gatos son traicioneros, ¿o no?”, mientras Sultán eyacula copiosamente sobre uno de los almohadones del sillón.
El asalariado de $1.500 que se pregunta: “Pero… ¿cuánto quieren ganar estos del subte?”
Merece respeto
La persona que sabe distinguir en qué caso la palabra aun lleva tilde y en cuál no.
El caballero que, antes de empezar a mear, abona el mingitorio con una regia escupida.
Las damas que, sólo de vez en cuando, son capaces de eructar con la fuerza de un volcán.
martes, 13 de noviembre de 2007
Humo
El Palanca está metido detrás de un biombo, justo al lado del escenario. Tiene una consola plateada marca Hitachi, conectada a una bandeja de doble casetera y una de CD que casi no usa. Es que acá salen mucho los enganchados viste, y eso con el compacto no lo podés hacer, no te queda igual. Yo grabo todos los temas en la semana y hago los enganches a mano. Vas bajando el volumen desde la consolita y cuando está justo, largás la pausa y empezás a grabar el otro encima. Arranca bajo, pero después lo normalizás. Sobre la mesa hay dos cajas Citacrom con más de cien casetes cada una. Negras, de cuerina, con los espacios para las cintas separados por pequeñas solapas de plástico. Los lomos de los casetes con los títulos escritos a mano en marcador negro parecen jeroglíficos a la luz del spot.
Empecé vendiendo discos en las milongas hace 20 años y mal no me va, dice el Palanca. Después se vuelve a poner los auriculares, mira de reojo. Su mano hace escalar el botón rojo y un rocanrol de Los Tammys invade el salón. Al fondo, un pelado y una mujer de rulos se levantan y corren hacia el centro de la pista.
Miriam apaga el secador de pelo, el Gitano está casi listo. Se mira al espejo, agita la melena y se retoca las patillas con un gesto automático. Después se agacha para mirar por un agujerito que hay en la pared. La puta que lo parió, no vino nadie. Miriam se da vuelta y guarda el secador en su bolso. No vino nadie, repite el Gitano sin despegar el ojo de la pared. Es temprano, susurra Sobaquito que acaba de entrar, pero él no lo escucha. Encima pusieron a andar ese humo de mierda que me seca la garganta. Vuelve a la silla y enciende un cigarrillo. Avisale al Palanca que fumo este y salgo, anuncia sin dejar de acomodarse el pelo frente al espejo. Sobaquito se refriega las manos. Recién estuve con él, dice que esperes, falta que lleguen las chicas. El Gitano gira en su asiento y me mira. Estoy en un rincón oscuro, no sé si alcanza a ver mis ojos, pero igual bajo la mirada y hago foco en el cemento alisado del piso. Las chicas se quedaron en casa, con esta lluvia de mierda tienen miedo de resbalar y que les salga la prótesis de la cadera. Miriam larga una carcajada que estalla contra las paredes desnudas. Levanto la cabeza y me encuentro la cara del Gitano congelada en el espejo.
A mi edad no puedo aspirar a garcharme una pendeja de veinte años, aparte que no me da el cuero ni con la pastilla ¿me entendés? Pero una de cuarenta estaría bien. El Gitano apoyó los bazos en la baranda y miró hacia el río. Era domingo en la costanera de Quilmes. Igual es al pedo, con los quilombos que yo tengo, capaz que conozco una mina y la dejo plantada en la puerta del telo. ¿Y tu ex?, pregunto. Esa hija de puta me dice que si me ve con otra se tira por el balcón y yo sé que lo hace. Vive en un piso 11, pero la muy conchuda seguro que no se muere: queda paralítica y yo la tengo que bancar. Tampoco se va a tirar, arriesgo. El Gitano gira hacia mí y se acomoda los RayBan. Vos no la conocés. Una vuelta, cuando estaba embarazada de Rominita, a mí se me hizo tarde en un recital y ponele que tenía que volver a las 2 y volví a las 4. Llego re mamado, abro la puerta, un olor a gas insoportable. Voy a la cocina: el horno y todas las hornallas abiertas. Y la hija de puta tirada en la cama, medio desmayada, me dice: tu hija y yo te estábamos esperando, llegaste tarde. Desde esa vez, la cagó del todo. Vos me vas a decir que soy un animal, pero para mí que le quedó la cabeza llena de humo.
Torito
viernes, 14 de septiembre de 2007
Mocos
Los tacos de Miriam sobre las baldosas se impusieron por un segundo al ruido de la tormenta. Había bajado por la puerta de atrás de la combi y, sin despeinarse, llegó a protegerse bajo el techo del club. Desde allí lo miraba ahora al Gitano que se debatía entre seguir sin su bota o quedarse allí bajo la lluvia. Tenía las piernas muy separadas y el pantalón blanco se le clavaba entre los huevos como una navaja. El jopo comenzaba a perder altura bajo el peso del agua y sobre el puente dorado de los RayBan comenzaba a formarse una gota blanca de resina de fijador que había chorreado por su frente. Sobaquito bajó y cruzó chapoteando por delante de los faros de la camioneta hasta llegar adonde estaba el Gitano. Sus manos se aferraron de la pierna y tiró hasta que consiguió liberarlo. El Gitano se zafó de su asistente con un gesto brusco y llegó junto a Miriam.
El Club Social Libres del Sur era un cuadrado de cemento con un bar al frente y la cancha de paleta detrás. Adentro estaba oscuro y olía a milanesas recién hechas. El Gitano, sin quitarse los RayBan, dejó pasar primero a Miriam y la siguió, abriéndose paso entre las mesas. Mamasa: dejá al cieguito y venite con los pibe’, se oyó desde una de las mesas de billar del fondo. Más respeto, che, pidió un viejo desde el mostrador. Después volvió la mirada hacia la pared como quien espera que empiecen a proyectar una película. Miriam sonrió y siguió su camino a través del salón. El Gitano iba detrás, con una mano la tomaba por la cintura y con la otra intentaba recuperar su jopo, ahora convertido en flequillo. La camisa roja abierta bajo el saco blanco y húmedo revelaba los primeros pliegues de un abdomen agotado. Llegaron hasta el mostrador y el viejo levantó una tapa de madera para dejarlos pasar. Atrás de la barra había un pasillo descubierto que separaba el bar de la cancha de paleta. Miriam y el Gitano apuraron el paso. Pasaron frente a un par de letrinas, esquivaron dos torres de cajones de cerveza y empujaron una puerta de chapa que daba a una pequeña habitación iluminada por el resplandor oxidado de una bombita. Miriam entró. El Gitano se apoyó en la puerta y dejó caer la cabeza entre los brazos. Tosió como un trueno. En el ruido ya se adivinaba el espesor del gargajo que un segundo después cruzaría el pasillo para estamparse en la pared de enfrente. El Gitano levantó la cabeza para observar el moco que se debatía contra el cemento en medio de una aureola fosforescente. Se pasó la mano por la barbilla y asintió. Después se dio vuelta y cerró la puerta de chapa.
El domingo estaba escuchando la radio, el programa del pelotudo este ¿cómo se llama? El Gitano apuró el vaso de Campari mientras esperaba mi respuesta. Tony Méndez, dije. Tony Méndez, ahí está -se secó los labios y manoteó una aceituna- la cuestión es que estaba escuchando y no va que llama una mina y le dice quiero escuchar la primera canción que bailé con mi marido porque hoy cumplimos 30 años de casados, entonces el pelotudo de Tony le pregunta qué canción era. Y la mina le dice El amor es así, del Gitano. ¿Te das cuenta? No sabía si el episodio lo había puesto contento o furioso, pero el Gitano no me sacaba los ojos de encima. Cerró los dedos de una mano y la acercó a la boca para escupir el carozo de la aceituna con un ruido seco. Después lo depositó en el cenicero. Y está bien, murmuré. En cuanto terminé de decirlo supe que me había equivocado. ¿Qué está bien, nene? ¿Qué está bien? Un carajo está bien. Por un momento pensé que se iba a levantar y me iba a agarrar de las solapas para sacudirme como a un muñeco de estopa. Pero en lugar de eso el Gitano bajó la vista y se puso a sacar un cigarrillo del paquete con la calma del viajero que ya se pasó de su parada. Entre el humo de la primera pitada volvió a clavar sus ojos en los míos. Las palabras brotaron como salidas del fondo de una caverna. Era una vieja chota, nene.
Torito
viernes, 27 de julio de 2007
La voz
Apenas abrió los ojos el Gitano alargó una mano hasta la cabeza para tantear la altura de su jopo. El gesto, repetido a lo largo de los últimos treinta años, se había vuelto automático: primero el ascenso del brazo casi desesperado y luego el aterrizaje suave de la mano sobre aquel fósil de pelo negro esculpido a fuerza de gomina. En la funda descolorida de la almohada se acumulaban los restos de caspa y fijador. El Gitano los corrió de un manotazo y un rayo de sol iluminó la lluvia de cenizas.
Parado bajo el marco de la puerta, con la bandeja del desayuno en las manos, Sobaquito lo dejaba terminar su ritual. ¿Qué mirás? Tronó de pronto el Gitano. Al terminar la frase un silbido agudo escapó del centro de su pecho como el llanto de un bebé. Sobaquito caminó en silencio, dejó la bandeja en la mesa de luz y se volvió hacia la puerta. Olía a fugazzetta condimentada con polvo Veritas. El pecho del Gitano chirrió una vez más. Sobaquito giró, lo miró con las cejas en alto y movió la cabeza a ambos lados apretando los labios. ¡Rajá! Ordenó el Gitano y esta vez coronó la frase con una tos ahogada.
Cuando Sobaquito cerró por fin la puerta, algo se revolvió debajo de las frazadas, justo a la altura de la entrepierna del Gitano y en medio de un vaho ácido se adivinaron los rulos de Miriam que emergía como salida del fondo del mar o de una botella de lubricante de camión. Se limpió los labios con el dorso de la mano y preguntó ¿Sigo? El Gitano no la miró, sacó los RayBan del cajón de la mesa de luz y se sentó en el borde del colchón. Su pija muerta apenas se adivinaba bajo el slip amarillento. El hombre que en 1984 había juntado más de 5000 personas en el triángulo de Bernal respiró lo más profundo que pudo y puso la bandeja del desayuno sobre sus rodillas. Miriam se enredó en las frazadas, giró hacia la pared y, como quien no quiere la cosa, dejó escapar un pedo que quedó rebotando entre sus nalgas de mapamundi hasta encontrar por fin el camino de salida. Con la bandeja sobre las piernas, el Gitano hizo como que no escuchaba. Y después como que no olía. Tenía un barril de pólvora en el pecho. Prendió un cigarrillo.
¿Sabés lo que pasa, flaco? Me dijo una tarde de domingo en una confitería de la avenida Mitre, en el centro de Avellaneda. Pasa que el barba no me perdona que le haya imitado la voz. Por eso me manda este catarro de mierda. Cuando yo era chico, vivíamos en Tolosa, cerca de La Plata. Mis viejos se habían venido de Chaco, alquilaron una habitación de una casa, y se metieron ahí. Yo debía tener 4 ó 5 años y algunas noches nos juntábamos con los vecinos a escuchar por la radio los discursos de Evita o de Perón. Después mi vieja me llevaba a la cama y me hacía rezar antes de acostarme. Entonces yo le hablaba a Dios, le pedía cosas, como hacen todos los pibes. Y me imaginaba que el barba me contestaba. Y para mí la voz del barba era la voz de Perón.
Bajé la vista un momento y me detuve en el crucifijo dorado que el Gitano lucía desde la portada de sus primeros discos como una brasa ardiendo entre los pelos del pecho. Se ve que yo quería cantar con esa voz, murmuró. Y aunque no había nadie más en la mesa del bar, supe que ya no me hablaba a mí.
Torito
