sábado, 13 de septiembre de 2008
No quiero ser más tu amigo (puto)
Hoy, mientras me depilaba el codo, pensaba en los amores truncos. En esas situaciones en las que los muchachos entregan el marrón a un par para dejar de sentirse solos. Y se bancan el dolor. Y no se quejan por más que la compañía tenga un aliento a hiena en celo que te genera calambres intestinales.
Entre pelo y pelo arrancado, medité también sobre esas situaciones en las que te dicen "seamos amigos, puto". Y vos te quedás así... solo... desolado... con el pito en la mano.
Y te preguntás "¿y ahora qué?", "¿me la tengo que autochupar?", "¿tengo que poner una ferretería?", "¿adoptar un bebé comechingón?". Y en un punto... en un pequeño, ínfimo, y soberano punto, te la querés cortar.
Para después hacerte un sanguche. O ponerla en el freezer hasta que se ponga dura como una tosca y luego sentarte arriba. Para consolarte...
Con la cera a medio enfriar, dí con este video. Y me sentí un poco triste. Llamé a mi vieja y le dije: "mamá, tengo SIDA". ¿Todo por qué? Por la historia de mierda que protagonizan el forro de Rick Hunter y la cornuda de Lynn Minmei en Robotech.
Y por Banana Pueyrredón... que le puso letra y música a mi pensamiento: no quiero ser más tu amigo. Ya no, PUTO.
Estimado lector-curioso oledor-cristiano al pedo, haga clic en el video. Mire y escuche. Luego me cuenta sobre su dolor (en el anillo de cuero).
Pd: si no podés ver el video, porque esta mierda de Blogger está andando mal últimamente, entrá acá: http://www.youtube.com/watch?v=Lh0efATtLrc
viernes, 1 de agosto de 2008
Opá, ió Via asé un Corrá
Sí! Vuelve la alegría cuadriculada... gentileza de la madre patria.
Se me pianta un lagrimón, che. Pasame el rivotril y el Bardhal anticongelante que se me enfría el estofado...
domingo, 1 de junio de 2008
Nelson, “el mendigo investigador”* en: “Sos vos, loco...” (Una historia negra y despareja -como la cotorra de tu vieja-)

Ya dentro de la celda, una montaña de pelo en posición fetal lo observó desde la oscuridad. “Rajá, puto... a mí no me vas a intimidar con ese olor a Vascolet vencido”, atacó un murmullo. “Mirá, manoseado de feto, yo te voy a sacar la verdá... así que andá largando quien mordió primero al rinoceronte o te lleno de tantos porongazos que en dos horas vas a terminar cantando el himno de Temperley en toba”, apretó el croto que resuelve casos.
“Y ahora, venite pa’ la luz que quiere ver el opi de topo que hoy me voy a murrear. Vení para acá”. No había dado dos pasos cuando el fluorescente repleto de grasa de chuleta iluminó de lleno una cabellera rubia. “Pero...”, se trabó Nelson. “Pero...”. “Pero... sos vos, loco. Sos Nico, el de Brigada Cola”. “Sí, soy yo. Pero no me llamó Nico sino Javier Alejandro, cajeta de tucumana, y ya tengo como 40 años... así que por lo menos, puto come picaportes, devorador de mollejas rellenas de talco Efficient líquido, ¡llamame Nicolás!”.

“Pero qué te pasó, nene. Si te habré visto mientras se la colocaba a la gorda con cáncer que antes me fiaba el cantimpalo. Decíme, ¿vos lo empernaste alguna vez al perro Tronco? ¿Por qué le decían Tronco y no Tronca, si la tenía como para remover escombros?” “Basta, baranda a gitano rumano... esto no es joda. ¿Por qué mierda no hacés algo para sacarme de acá?”. “Pero no, Nico, ¿estás en una misión? ¿Dónde está Mónica Guido, que quiero fumarme sus pedos?”. Javier Alejandro perdió la paciencia: “Cortita te la hago, cuidador de piojos: caí en cana porque afané en un kiosco de San Martín ¿entendés? Soy un fuma paco mal, me cabe aspirar líquido de frenos de Estanciera y reventarme las venas inyectándome Danonino caliente ¿calás ahora?”.
“Pero, loco, reaccioná: sos Nico. Loco, sos Nico. Yo te voy a ayudar”. Dicho esto, Nelson le ordenó al faloperito que tome el trapo meado con el que se tapaba en la celda y lo acompañe. “Yo te voy a reivindicar, Nico (“Me llamo Javier Alejandro, hijo de puta”, replicó el ex pibe) seguíme que de acá volvés al estrellato”, se relamió Nelson. Tras un serie de papeles firmados y la promesa de que no iba a embarazar a la mujer del policía de turno, Nelson y Nico salieron a la vereda de la seccional 3 de Don Bosco.
“Y ahora, vamos por un caso”. “¿Por qué mejor no vas por un jabón, hijo de puta? ¿Tu vieja se olvidó de sacarte toda la placenta cuando naciste?” “Sos loco, Nico, jajaja (“Javier Alejandro, hijo de mil puta”)”. No tuvieron que esperar mucho: en la vereda contraria a la comisaría, dos pendejos con una itaka en la mano encañonaban a un uniformado que justo bajaba de un patrullero. “Eh, gato negro, dame el relos, el celular y el emepetré’”. “Dale, gato negro, yuta hija de puta, bajate el pantalón que te queremos mirar la chota. Dale, rati”, lo apuraban los desnutridos.
“Shhhh... vamos a rodearlos... Agachate atrás del Fiat 128 ese que yo ahora te alcanzo”, dirigió Nelson. “Ahora”, saltó Nico. Pero Nelson... Nelson... “¡Qué hacés, sarna!”. “Nada, esto me pasa siempre que me pongo nervioso”, alcanzó a chillar el mendigo al tiempo que depositaba sobre el pavimento una copiosa cacona. Apretándose la panza, el croto apuró el último Conogol para luego subirse el pantalón de un santiamén. Nico amagó vomitar. “Tranquilo, Nico (“Javier Alejandro, hijo de mil puta”), que el chiripá que tengo puesto me lo cambié hace sólo una semana”.
Para esto, los pendejos ya los habían descubierto. Y el padre de los dos indigentes le enterraba el picado fino al cana, que apretaba los labios y arañaba el capot de un citröen 3CV que justo estaba estacionado por ahí. “Eh, vo’ y vo’, vengan para acá... y hagan fila, que mi viejo tiene crema para todos”. “Pero pibe... ¿vos no me conocés a mí?”, probó el ex niño prodigio. “No, loco... a vos quién te juna? “Soy Nico, pá, el de Brigada Cola... Francachela, Tronco... Gladys Florimonti”. “Mirá, al único Nico que conozco es a Cabré y me cae mal, culo apretado... así que vos también bajate las bragas que papi tiene un brazo de tenista colgándole entre las piernas que quiere saludarte”.
No había terminado de decir eso cuando el padre de los desnutridos se detuvo. Y con la pija llena de la caca del policía y lágrimas en los ojos se acercó adonde estaban Nelson y su compañero. “Vos... vos sos Nico ¡Nico! El aprendiz de Echavarría... Extermineitors. El pequeño ninja... ¡Nico! ¡Nico!”, y abrazó a Javier Alejandro Belgieri como si fuera su propio pito.
La distracción lo permitió todo: recuperado, el policía le quitó la itaka a los pendejos y Nelson, emocionado por el cuadro, largó un soberano chorro de meada que encontró lugar en la garganta de unos de los pibitos. “Ea, veo que te gusta el gueitorei, pichón. Decíme si tiene gustito a uva”, y le dio potencia a su manguera.

Depositados en la comisaría. Nelson procedió a despedirse del reivindicado ex héroe popular. “Ya sabés donde encontrarme, así que cuando decidas salir a afanarle los medicamentos a algún que otro enfermo de SIDA o pincharle las ruedas a las sillas de los que tienen amputados las patas, pasame a buscar”.
“Nelson, la concha de tu madre, no te voy a olvidar. Te debo una...”, gritó Nico. Pero cuando quiso volver nuevamente a la vereda, dos policías le franquearon la entrada. “En eso estaba pensando justo. Te van a soltar, pero antes los pibes quieren un toque de amor. Entendelos, fumador de colchones, no siempre se pueden abrochar a un mostro de la tevé”. “A ver, llamálo a Tronco ahora, Nico”, rió el croto. “Javier Alejandro, hijo de mil puta”, se le escuchó a decir al drogón irrecuperable, antes de perderse en los oscuros pasillos de la comisaría.
Bicho Moro
viernes, 11 de abril de 2008
The Ren & Stimpy Show (o el delirio hecho dibujo animado)
La intro... inolvidable.
Un fragmento del capítulo "Carrera Espacial"...
Y el increíble comercial de "Tronco", el juguete más absurdo del planeta...
Lástima que cueste tanto conseguir material de los ya extintos Ren & Stimpy...
Qué mundo de mierda!
viernes, 29 de febrero de 2008
No merece respeto
El proto ser humano que afirma: “Yo prefiero los perros, porque los gatos son traicioneros, ¿o no?”, mientras Sultán eyacula copiosamente sobre uno de los almohadones del sillón.
El asalariado de $1.500 que se pregunta: “Pero… ¿cuánto quieren ganar estos del subte?”
Merece respeto
La persona que sabe distinguir en qué caso la palabra aun lleva tilde y en cuál no.
El caballero que, antes de empezar a mear, abona el mingitorio con una regia escupida.
Las damas que, sólo de vez en cuando, son capaces de eructar con la fuerza de un volcán.
sábado, 12 de enero de 2008
Increíble: "Pio pio pa...", con la voz del inconfundible... Ringo Bonavena
Amigos, consejo: a no perderse la parte de la yarará...
martes, 11 de diciembre de 2007
Nelson, “el mendigo investigador”* en: “Qué hacés, loco...” (Una historia negra y despareja -como la cotorra de tu vieja-)
*Aclaración inicial: Por respeto a la naturaleza fétida y desnutrida del personaje, por favor evite bañarse o comer durante la lectura del presente texto.
Colegiales. 9 y media de la noche. “Che, Robochongo, ¿vos le diste el postre a los viejos al final?” “No, boludo, ahora se los enchufaba ¿por?” “Porque fui a la cocina y no hay nada, salame”. Un alarido interrumpió la conversación. A metros de ahí una anciana con artrosis luchaba por quitarse de encima un bulto negro que, dueño de un penetrante olor a culo, agitaba en su mano derecha un Sandy de vainilla.
“Dale, vieja canuta, sacate la encía de madera esa que tenés y sopleteame el picaporte de cuero”. Era Nelson, el mendigo investigador, que una vez más se había colado en una geriátrico para tratar de empomarse alguna abuelita con alzheimer.
“¡Hijo de puta, dejá a Doña Rosa!”, chillaron los empleados, para luego abalanzarse sobre el indigente. “Atrás, soplanucas”, los paró en seco el mendigo. “Miren que esta manguera tiene bichitos...”, amenazó el croto, al tiempo que blandía un pito cubierto de picotazos de paloma y polenta Favorita seca. Luego, y tras afanarse el calzoncillo boxer de un viejo que, cagado, hablaba solo en un rincón, Nelson corrió hasta un ventiluz para después ganar la calle.
“Mala noche para clavarme un pendejo”, pensó. “Mejor me hago una escapada hasta Villa Urquiza, a ver si alcanzo a ver cómo los milicos cagan bien a palo a algunos peruanos y paraguayitos”. Caminaba ya por ese barrio cuando, tras pararse a chupar un cajón de pollos abandonado debajo de un Peugeot 504, escuchó un tiro. Y otro. Otro. Otro. Dos disparos más.
Al toque, un par de encapuchados salen de una despensa peruana y se suben a un Fiat 128. Griterío. Una boliviana embarazada rompe bolsa en medio del caos. Y Nelson que, oportuno, junta las manos entre las piernas de la mujer al grito de “no desperdiciemos ni una gota, que este juguito tiene todas las vitaminas, mami”.
Sí: habían ejecutado a una pareja de precolombinos. Los dueños de la despensa “Cabeza de Inca”. Pero la cosa no iba a quedar así. No señor. “Pasáme la Katanga”, arremetió Nelson, para enseguida robarle la zanelita y el celular a un delivery de Solo Empanadas que justo pasaba por ahí.
Acelerando a fondo, al tiempo que aprovechaba para rascarse el culo con el asiento del ciclomotor, el mendigo investigador se dispuso a rastrear a los delincuentes y, de este modo, resolver un nuevo caso.
Su sentido del olfato -capaz de ubicar a una enana menstruando en 10 km a la redonda- y su habilidad para reconocer huellas lamiendo cada charco al costado del cordón de la vereda lo llevaron hasta las puertas de la villa 1-11-14, en el Bajo Flores.
El mendigo investigador sabía que sólo tenía dos opciones: o se metía en la villa, buscaba a los malhechores y resolvía el caso, o apoyaba la moto contra una pared, se echaba una buena cacona en la puerta de una casa linda, y luego se tiraba a torrar un rato.
Hizo fuerza: no, no tenía ningún sorete en la puerta. Había que resolver el caso. Palanqueó el acelerador y penetró en las calles de tierra.
Tras sortear un bebé ahogado en una zanja -y a un pendejo rumano que, mientras tocaba (mal) el acordeón, era garchado de parado por un travesti salteño- Nelson dio con un iglú de barro en el que ubicó al Fiat 128 que viera en Villa Urquiza. “Es acá”, pensó. Se acercó a una ventana y miró hacia adentro: en el lugar, 6 peruanos en pelotas desarmaban un calefactor Orbis Calorama para venderlo por partes y, al mismo tiempo, embolsaban cocaína en cajas de tampones “o.b.” tamaño “ranura de gorda justicialista”.
“A ver, pijas infantiles: dénme la merca y quédense quietitos”, los desafió, desde la puerta, el mendigo investigador. Empuñaba algo que los peruanos en la oscuridad no podían distinguir. Parecía un arma... pero en realidad era un sorongo duro de perro salchicha. “Vos y vos: vengan para acá. Veo que tienen todos los dientes ¿eh? y eso me gusta... con cuidado, quiero que empiecen a lamerme bien el upite”, los humilló el indigente.
“Así, así... que hay un cascarón que no me puedo despegar y últimamente me cuesta mover el vientre como a mí me gusta”, comentó. Iba por el cuarto peruca cuando, inesperadamente, la punta de una aguja de tejer le pinchó el huevo izquierdo. “¡¿Qué hacés, loco?! ¿Por qué me pinchás la hernia que tengo al lado de las bolas?”. Nelson giró la cabeza. “¿Vos?”. “Sí, yo”. Era Doña Rosa... la anciana con artrosis que el croto había intentado manosear horas antes en Colegiales.
“Y ahora, negro de mierda, estos indios toltecas que responden a mi mando te van a perforar el ojete por haberme afanado el Sandy de vainilla”, siguió la anciana. Nelson razonó: “Esta vieja conchuda maneja un grupo de narcos que asesinan gente por deudas de falopa y tráfico de perucas pichones. Y se la pasa rascándose la argolla en el geriátrico para disimular”.
Eso pensaba el mendigo investigador cuando el primero de los peruanos le apoyo el pito en la oreja. Y cuando se acercó el segundo con intenciones de serrucharle el zócalo, Nelson vio un detalle que podía ser su salvación: el indio estaba circuncidado.
“¡Peruano judío!”, chilló con todas sus fuerzas. “¡Peruano judío!”. Sorprendidos en un principio -pero enseguida enervados por la novedad- el resto de los cobrizos se lanzó sobre el hebreo disfrazado de inca para comenzar a patearlo en el suelo. Incluso Doña Rosa se colocó sobre el peruano para, luego de levantarse la pollera, mearlo al grito de “tomá, Telerman de mierda”.
Rápido de reflejos, Nelson sacó el celular que llevaba oculto en una de sus alpargatas agujereadas y marcó el yanqui 911. Dos segundos después, un patrullero comandado por el comisario Motorola caía en el lugar. Era el fin...
“Mugriento del orto: felicitaciones. Una vez más, tu olor a osamenta de loro –y no ese teléfono de mierda que ahora te estás metiendo en la cola– nos guió hasta acá y pudimos dar con estos negritos”, lo palmeó el oficial.
“Quedate tranquilo que en un rato le metemos picana en las pelotas a estos chinos negros y un poco de corriente en cada teta a la vieja y vas a ver como saltan las pruebas...”, agregó.
“Un placer ayudarte, degustador de porongas. Y ahora rajo, que vi un perro muerto acá a la vuelta y no quiero que estos villeros de mierda me choreen la carnecita”, se despidió el mendigo investigador.
Ya subido a la zanelita, Nelson saludó con un chorro de meada que bañó el parabrisas del móvil policial. Y tras pegar una acelerada a fondo, estiró el brazo para robarse una garrafa que, conectada a una pantalla, calentaba el interior del hogar para enfermos de SIDA “Eso te pasa por cojer sin forro, pajero: ahora te morís”.
Bicho Moro

